domingo, 6 de enero de 2013

Un paseo diferente por el Park Güell

DE LA NOCHE AL AMANECER
“El gran libro, siempre abierto y que hay que esforzarse por leer, es el de la Naturaleza; los otros libros son sacados de éste y poseen las equivocaciones e interpretaciones de los hombres”. Antoni Gaudí (1852-1926)
Banco ondulante de trencadís en la plaza griega, al amanecer. Foto: Alex Guerra Terra 2011
Detalle del banco ondulante de noche.
Foto: Alex Guerra Terra 2011
Un poco de historia
A veces se hace indistinguible lo real de lo fantástico. El Park Güell, por supuesto, es uno de esos extraños lugares donde esto sucede. La Barcelona de finales del siglo XIX experimentaba un momento floreciente, de transformaciones políticas y tecnológicas, de ebullición de las artes y la cultura, y Eusebi Güell deseaba construir una ciudad-jardín, una villa habitada, una especie de aldea para estudiosos que quisieran vivir en comunidad pero a la vez independientes uno de otro. Fueron los ricos como él que hicieron posible a Gaudí dar rienda suelta a su imaginación, que según él mismo decía, provenía de los más altos designios. Gaudí fue un arquitecto de Dios, el Supremo Arquitecto, quien revelaba sus misterios a la receptiva imaginación del arquitecto humano. El Park Güell, construido entre los años 1900 y 1914, es su trabajo más paisajístico, el más completo, donde se engloba el total de sus intereses. Desde arquitectura a ingeniería, urbanismo, paisajismo, jardinería, despliegue de técnicas constructivas y un notable apartado naturalista, sin olvidar la vertiente privada y familiar vivida en su casa del parque, por un tiempo muy prolongado, de casi veinte años. Todos sus conocimientos y el de sus colaboradores más cercanos se expresan y laten por todos los rincones del lugar. Profundamente vinculado con la naturaleza que le rodeaba, de ella aprendía, en ella se inspiraba, y a través de ella creaba, y se sentía plenamente satisfecho con los resultados conseguidos. Y esto, queda patente en el Park Güell. Es simplemente magnífico. 
Escalera rústica en la Montaña Pelada cerca de una de las
puertas de acceso traseras. Foto: Alex Guerra Terra 2012
Por la tarde-noche
Pero qué no se ha hablado ya del Park Güell o de cualquiera de las espectaculares obras arquitectónicas de Gaudí. Temo caer en la repetición, y no deseo aburrir con una visita turística al parque, que puede encontrarse en cualquier guía de la ciudad. Por ello, propongo llegar al sitio a última hora de la tarde, que además ya está más fresco en verano, por una de las puertas traseras, ver el atardecer y quedarnos hasta la noche para luego volver temprano y ver el amanecer. Es la mejor opción, os aseguro que durante el día la multitud no permite ni ver ni sentir la obra como ésta se merece.
La Montaña Pelada
Entremos, pues, por la parte trasera. La montaña de alrededor era un terreno yermo cuando comenzaron las obras en 1900, como su nombre, Montaña Pelada, indica. Los pinos, algarrobos, cedros y palmeras, los cipreses, eucaliptus y plataneros, que se mezclan con arbustos y matorrales, cactus e hibiscos, sobreviviendo y creciendo en esa tierra seca gracias al sistema de canalizaciones ideado por Gaudí, que aprovecha y recoge de forma natural el agua de la lluvia, fueron plantados en su gran mayoría por aquellos años. 
Montaña Pelada. Foto: Alex Guerra Terra 2012
Se ha llegado incluso a decir, debido a las soluciones encontradas por el arquitecto en las obras del Park Güell, y el hecho de haber mandado plantar especies mediterráneas para repoblar la Montaña Pelada, que el arquitecto era ecologista. Nada más descontextualizado. Este término no existía en su época, y sobre todo, tampoco el concepto. Gaudí no tenía intención de salvar ninguna especie. En esa época, intentaba controlarse la naturaleza, no salvarla, y en el caso de Gaudí, prolongar su belleza y su armonía con la arquitectura. No hay nada social o político en ello, respetaba la naturaleza, pero no pretendía salvarla. El origen de los movimientos ecologistas se remontan a mediados del siglo XX, cuando Gaudí ya había fallecido. 
Foto: Alex Guerra 2012
Atravesamos pues este espeso bosquecillo, en el que la brisa a estas horas trae con su soplido el silbido de los árboles de los alrededores. A estas horas, el paso veloz de las nubes en el firmamento juega con la luz, llenando la tarde de mágicas sombras, y de un revoloteo alegre de hojas secas que salen de su letargo en rápidas volteretas. Conozco la laberíntica encrucijada de senderos como la palma de mi mano, de tanto recorrerla, así que en pocos minutos llegamos a un camino de tierra que  se interna directamente en el parque. Parece mentira la existencia de ese pequeño pulmón verde tan cerca del centro. Pero es verdad. Una maravilla en medio de la gris ciudad, un corazón enigmático y caprichoso, en medio de lo trivial, de lo cotidiano. Lo fantástico que irrumpe en nuestra a veces aplastante rutina diaria. 
Casa del Dr.Trias. Foto: Alex Guerra Terra 2012
La casa de Gaudí
Atravesamos el monte bastante expeditamente, ya que es tupido pero no muy extenso, y entramos como convenimos por una de las puertas traseras. Casi enseguida de cruzar el umbral, pasamos por la única casa del parque aún habitada por los descendientes de su propietario original, el doctor Trías, obra del arquitecto Juli Batllevell. Luego bajamos unas largas escaleras que dan a parar a otra casa, la que habitó Gaudí durante casi veinte años. El arquitecto le había tomado un especial cariño a este proyecto, y en 1906 se traslada a vivir a la urbanización, que ya se vislumbraba un fracaso comercial, con su padre y su sobrina, a la casa que debía ser la muestra para las ventas de parcelas, obra de su amigo y colaborador Francesc BerenguerLa casa, a pesar de su sencillez, en comparación con las de sus amigos burgueses, es todo un lujo al lado de la mayoría de las casas de la época. 

Casa de Antoni Gaudí al atardecer. Parte trasera. Foto: Alex Guerra Terra 2012
Detalle de jardines de casa Gaudí
Foto: Alex Guerra Tera 2012
Ostenta multitud de ventanas que permiten al aire transitar libremente por las numerosas estancias de las tres plantas, a pesar de que el verano barcelonés castiga con un calor inimaginable a veces. Ciertamente, es muy distinta a las viviendas obreras de la época del Clot, San Martín, el Raval o  Poblenou, en el interior de las cuales la cantidad de aire respirable era apenas el suficiente para reunir unas condiciones mínimas que permitían la supervivencia, y donde frecuentemente los niños languidecían de raquitismo, tuberculosis o anemia como consecuencia de la insalubridad de aquellos espacios, que muchas veces servían de cocina y de depósito de deshechos humanos a un tiempo. Por lo tanto, decir que la casa es sencilla, es relativo, claro. Como todo. Además, está rodeada de un pequeño pero hermoso jardín lleno de originales detalles como rejas, esculturas, mosaicos y bancos, que lo transforman en un lugar idóneo para pasear a la sombra de galerías envueltas en enredaderas, raíces trepadoras y árboles centenarios. 
Fachada principal de la casa Gaudí
Foto: Alex Guerra Terra 2012
El parque oscurece y ya comienza a estar sumido en un espectral silencio roto solamente por las lechuzas y los murciélagos. Se adueña de nuestra voluntad y nos atrapa inexorablemente entre sus formas místicas. La casa por su parte trasera, es aún más espectacular que la fachada principal. No podemos entrar a ver la casa porque ya está cerrada, pero sólo decir que es bella en su sobriedad. Aunque vivía rodeado de gente rica y poderosa, el arquitecto prefería la simplicidad y la modestia de un mobiliario no demasiado ostentoso, lo justo para evitar que su espíritu no se dejara vencer por los atractivos de la posesión y la materia. Aún así, encontraba excesiva la cantidad de muebles que se distribuían por todos los espacios, y el dormitorio era quizá donde se sentía más confortable, con una precaria cama de hierro, del tipo de las de cárceles y hospitales, una mesita de noche y un armario. Suficiente para el buen reposo del genio. Después de su muerte, en 1926, las carmelitas que le ayudaban en los quehaceres cotidianos, vendieron gran parte de sus pertenencias a un trapero. Algunos libros, ya habían ido al taller de la Sagrada Familia y de los que quedaban en la casa, nada se sabe. Es una lástima. Seguimos andando. Si aguzamos el oído, el del corazón, nos puede parecer que desde el interior nos llegan las notas de Tannhäuser, obra del gran compositor por él admirado, sonando penosamente en un viejo gramófono, pero es probablemente producto de la sugestión del momento, la hora, la luz tenue, las sombras danzantes y el silencio. O quizá es algún músico del barrio que se acerca a este lugar inspirador para encontrarse con su música, a solas. Podemos confirmar que sus obras no están muertas, sino vivas. Pueden sentirse, respirarse, oírse, a través de diversos fenómenos que como ángeles surgen entre sus rincones. 
Zona ajardinada cerca de la casa Gaudí, con viaducto
al fondo. Foto: Alex Guerra Terra 2012
Los viaductos
Los caminos no pierden su carácter sinuoso dentro del parque, gracias a la rotunda negativa del arquitecto de allanar el monte para trazarlos. Muy por el contrario, aprovechan magistralmente las irregularidades del terreno y se integraban a él en perfecta simbiosis con la naturaleza, cubriendo los desniveles con soportales sostenidos con columnas de piedra local inclinadas, que asemejan troncos de árboles y palmeras. Los viaductos: unas construcciones impresionantes. En 1901 ya comenzaba la construcción de los mismos, y en pocos meses terminaban. Sus albañiles, obreros y colaboradores trabajaban afanosamente en las obras. Desde la casa nos dirigimos a uno de estos espacios, que vemos al fondo de un área ajardinada de flores multicolores. Hay magia en este parque, ¿ya lo he dicho antes? Es que es cierto, y me encanta. Gaudí adoraba la música, se inspiraba en Wagner, en Mozart, fue él mismo un músico, un músico del silencio. Un silencio que el viento rompe cuando roza los muros de su arquitectura imposible y susurra poemas, fantasías y colores, mensajes sonoros que nos dejó entre las piedras, en creaciones que van mucho más allá de lo que uno puede ver. Sus obras no están muertas, están vivas, pueden sentirse, respirarse, oírse. Los increíbles viaductos, son para mi gusto los espacios donde esto queda más patente. 
Viaducto, donde se conserva un antiguo árbol,cada vez más inclinado. Foto: Alex Guerra Terra 2012
En el viaducto al fondo, hay un viejo árbol seco y caído ya con el paso de los años, que durante las obras Antoni Gaudí se empeñó en no eliminar, a pesar de los consejos de sus colaboradores. Es todo un emblema del sitio, y nos recuerda el eterno interés del arquitecto de no irrumpir en la naturaleza que acogía y rodeaba sus construcciones. Oigamos el viento pasar por las ramas de los árboles de piedra, el agua correr libre por la tierra de los senderos, las columnas y las fuentes… eso también es música.
Viaducto en la tarde. Foto: Alex Guerra Terra 2012
De allí podemos dirigirnos a los extraños arcos del viaducto románico, o paso de la lavandera, cuyas columnas inclinadas parecen troncos y sus capiteles palmeras, que en la oscuridad se transforman en verdaderos brazos vegetales, los cuales parece que en cualquier momento pueden cobrar vida y mover sus frágiles articulaciones para rodear y engullir al incauto que se atreva a pasar por debajo de ellos. Las columnas tienen todas esa obvia forma de troncos y capiteles palmiformes, a excepción de la primera que representa una mujer que bien podría ser una lavandera con el cesto de la ropa, o una cariátide griega portadora de ofrendas. Existen discusiones sobre el verdadero significado simbólico de esta imagen, pero lo cierto es que Gaudí probablemente se inspiró en las vendedoras del mercado que acogería la sala hipóstila, contigua al viaducto. Se sabe que la figura presentó algunos problemas, y con el tiempo perdió una de sus manos, lo que dio lugar a múltiples especulaciones sobre el objeto que originalmente portaba en ella. Por suerte a principios de siglo XX ya existía la fotografía, y se conserva una en la que la columna antropomorfa aparece con su mano completa, tomando una pala de golpear la ropa. Inspirado en la realidad, el arquitecto se enervaba cuando alguna de las estructuras presentaba problemas de solución, pues afirmaba que él se inspiraba en la naturaleza, y que ésta, no se equivocaba. 
Viaducto en la tarde. Foto: Alex Guerra Terra 2012
Por lo mismo, las columnas son todas diferentes, porque como podemos advertir, las ramas, las raíces, los troncos en la naturaleza, todos tienen sus particularidades y se preocupan por la tierra de que se nutren, el agua de la que se embeben y la savia que por el tronco sube para robustecer el árbol, que extiende sus ramas, sus brazos, al sol, al aire, al viento, a la tempestad, al rayo. Como no hay dos árboles iguales, no hay dos columnas iguales en los viaductos. Pensar que hasta hace pocos decenios, su obra fue más bien incomprendida y hasta criticada con estupideces como que era producto de las torturas de su imaginación, o que sólo construía engendros en piedra y hasta bulbos obscenos… ¡cuánta ignorancia! ¿Os parecen engendros estas columnas que imitan las palmeras? ¿O impúdicos los rosetones multicolores de la sala hipóstila? ¿U obscenos los hongos que coronas los pabellones de entrada? Sólo son formas que evocan un mundo soñado por un gran observador de la naturaleza. Y sin necesidad de ningún estúpido hongo alucinógeno, que hasta de drogadicto le trataron. 
Al atardecer
Después de recorrer los viaductos, creo que la mejor opción es subir hasta el talayot, o turó de les menes, o capilla de las tres cruces, donde podemos deleitarnos con una magnífica vista de Barcelona al atardecer. Respiremos primero, eso sí, porque llegaremos algo agitados por la fuerte pendiente, pero prometo que vale la pena… deslicemos nuestra mirada por el horizonte de la urbe desde lo alto. En ocasiones, los últimos rayos del sol a nuestras espaldas pintan colores imposibles sobre los edificios de la ciudad condal. No estoy exagerando, la fotografía que adjunto lo certifica.
Vista de Barcelona desde el talayot, al atardecer. Foto: Alex Guerra Terra 2012
Vista del Tibidabo desde el talayot, al atardecer
Foto: Alex Guera Terra 2012
El talayot o capilla de las cruces
Gaudí creía en sus tiempos que Barcelona se estaba perdiendo en la ambición y la banalidad. Solía decir, ay, urbs antica i atresorada… con un amirada melancólica hacia el infinito. Pero amigos míos, su camino hacia la trivialidad, el de Barcelona, no el de Gaudí que fue todo lo contrario, no ha parado de ensancharse hasta límites insospechados, por él y los de su época. A pesar de todo, Barcelona es indiscutiblemente una ciudad bella y mágica. Oteando el horizonte hacia el otro lado, por donde el sol se pone, a esta hora podemos regalar a nuestros ojos, ya que estamos por aquí, con una fantástica vista del Tibidabo.  
Talayot o capilla de las tres cruces, de noche.
Foto: Alex Guerra Terra 2012
Debajo de la capilla se halla una cueva donde se encontraron, durante  las obras en 1900, fósiles de rinocerontes y otros animales de épocas pretéritas. Güell, Gaudí y compañía, utilizaron estos hallazgos para justificar unos supuestos orígenes místicos del lugar. Los vestigios arqueológicos y paleontológicos atrajeron mucho la atención de la gente en aquellos momentos, y arqueólogos y sacerdotes llegaron a estudiarlos, causando gran revuelo. Contaron algunos testimonios que muy divertido e interesante para los de su época. La capilla no tiene puertas ni ventanas hoy en día. Fascinante, ¿verdad? Pero según se dice, lo han tapiado todo por simple seguridad. Los pasadizos y cuevas que hay ahí debajo podrían derrumbarse con el tránsito de miles de personas que visitan el parque diariamente. 
Talayot de noche Foto: Alex Guerra 2012

Se hace de noche
La estructura está además cruzada en su interior por múltiples pasadizos de las antiguas minas, que ellos recorrían inventándose historias del pasado, basadas en esos huesos y ciertas pinturas murales que parecían muy antiguas. Se nos hace de noche ya. Podemos apoyarnos en una de las cruces de lo alto de la capilla, admirando la vista de la ciudad iluminada ahora ya no por el sol, sino por la luna y los millones de luces de las calles, los coches y las casas. A veces me entretengo imaginando qué estarán haciendo algunas de esas miles de personas que aún pululan allá abajo a esas altísimas horas de la noche. En ocasiones el silencio es casi total, puede pasar una media hora o más, sin que se oiga ni un rumor, ni un susurro, así que podemos aprovechar para descansar un rato mientras disfrutamos de la vista nocturna desde ese lugar excepcional, y luego seguir recorriendo los innumerables recovecos del parque. Algunos deportistas, hombres y mujeres con sus perros y algunas parejas de jóvenes, músicos, artistas y enamorados, pueden verse y oírse si uno pone un poco de atención a su alrededor. Pero son pocos, y discretos, nada comparable con las multitudes del día. 
Vista nocturna desde el talayot. Foto: Alex Guerra Terra 2012
Gárgola-león de la sala hipóstila
Foto: Alex Guerra Terra 2011
La sala hipóstila
Bajamos de ese lugar privilegiado que es el talayot y nos dirigimos a la zona por la que todos entran durante los horarios normales de visita. Pasamos a la sala hipóstila. Ya se hizo muy de noche, y está demasiado oscuro para poder apreciar por ejemplo, los bellísimos rosetones o medallones del techo de este gran espacio cubierto, sostenido por ochenta y seis columnas dóricas, y que estaba previsto para dedicarlo a los puestos de mercado donde podrían proveerse los habitantes de la futura ciudad-jardín. Bajo las sombras de las columnas, el recinto desprende un aura bastante lúgubre, y el eco producido por la acústica, aumenta aún más su misterio. Mejor hablar en voz baja y modulada para evitar ese eco inquietante. A veces, un par de enamorados sueñan entre besos y promesas de amor, otras, un músico pasa sus horas de soledad arrancando unas notas nostálgicas a su lloroso de su violín. La sala hipóstila es generadora de una rara inspiración que mueve pasiones, y donde pueden oírse voces que vienen de algún lugar, el más allá, el espacio circundante, no lo sé. También tengo pruebas de esto, pero no sé si adjuntarlas, porque oírlas resulta un poco espeluznante… 
Sala hipóstila, de noche. Foto: Alex Guerra Terra 2011
Me asusto bastante, o al menos me preocupo, al percatarme de la naturalidad con la que me estoy planteando la existencia real de ese… ese sonido que nos apareció ahí dentro en una grabadora que habíamos llevado con un amigo una vez, por si acaso. Si lo analizo racionalmente, no podría decir que fue algo más que una mera fantasía. En aquellas circunstancias pude haberme dejado llevar por lo que creí que me estaba sucediendo, y lo peor, me hizo sentir irremediablemente curiosa. Y encima, la pizca de temor funciona en mí como un fuelle más que como un freno, así que la curiosidad pudo más y esa sensación me impulsa a continuar con mis visitas nocturnas. Pero no os asustéis, sigamos el paseo que estas elucubraciones son bobadas mías. Hay una pequeña portezuela en el lado derecho del suelo de la sala hipóstila, la cual lleva a la cisterna del parque, que está cerrada al público. El agua se aprovecha de una muy original manera. Unos orificios en el banco ondulante y la tierra de la plaza griega que está encima, filtran el agua de las lluvias y ésta pasa por dentro de las columnas dóricas, que son huecas, y desemboca en la cisterna. Es un lugar muy especial, y el dato interesante sobre el lugar es quizá que por dentro, aunque no podamos verlo, constituye una estructura bien construida y sostenida por columnas que le dan aspecto de templo. Se dice que posee un espacio donde al parecer se desarrollaban reuniones para realizar algún rito pagano en la época de Gaudí. No olvidemos que la relación del arquitecto con la masonería y otros grupos ocultistas siempre ha sido un dato que despierta el interés de los curiosos. 
Banco ondulante e noche. Foto: Alex Guerra Terra 2011
La plaza griega y el banco ondulante de trencadís. Antes de retirarnos del parque, podemos subir hasta la plaza griega, que está justo encima de la sala hipóstila, subiendo unos pocos peldaños, para observar por unos momentos el espectáculo de la ciudad en la noche, una vez más. Podemos sentarnos en los mosaicos del banco ondulante mientras contemplamos la magnífica vista a la luz de la luna y las estrellas reflejándose al fondo en el Mediterráneo, y comenzar simplemente a divagar con nuestros pensamientos. Si prestamos atención, los sonidos a nuestro alrededor comienzan ya a transformarse, el ulular de las lechuzas y el tétrico aleteo de los murciélagos invaden el silencio antes roto por las cotorras, las palomas y los gorriones, que ahora duermen en los huecos ofrecidos generosamente por la infinidad de rocas y árboles del parque. 
Atanor. Foto: Alex 2011
La escalinata y los pabellones de entrada
Bajamos la escalinata de entrada, para ver las maravillas de trencadís a la luz de la luna y las farolas. ¿Las habéis apreciado realmente? Son obra del colaborador y querido amigo de Gaudí, Josep María Jujol, que creó todos los trabajos en mosaico del lugar. Inspiraciones divinas, de colores y diseños, que nos adentran de lleno en el mundo más fantástico de Gaudí y sus colaboradores. Fijaos en el dragón de fragmentos multicolores hechos de baldosas rotas, que se acomodan perfectamente a las superficies curvas del animal. Me jacto de conocer cada rincón, cada camino, y cada historia oculta entre las piedras, baldosas y cristales del parque, pero jamás me canso de presenciarlo, vibrante de imaginación y magia que nada tiene que ver con la especie de anodino parque temático en que se convierte durante el día. Disfrutemos pues de la pureza de la noche.
Dragón de escalinata de entrada, en noche de luna llena. Foto: Alex Guerra Terra 2011
La luna ya se ha movido, o más bien nosotros ya hemos rotado lo bastante como para que la luna haya quedado escondida a nuestros ojos, por lo que las tenebrosas sombras producidas por su reflejo sobre los árboles, que causaban un poco de temor pero servían como guía en el trayecto, han desaparecido. La oscuridad es la protagonista ahora, a pesar de algunas farolas permanecer encendidas. Es mejor retirarnos, para descansar y volver en la mañana, un poco antes del amanecer. 
Vista nocturna parcial de pabellones. Foto: Alex Guerra Terra 2012
Al amanecer
Volvemos a primera hora de a mañana, y esta vez entramos por la puerta principal. Las formas del parque hasta hace unas horas apenas vislumbradas entre las sombras, van recuperando su vitalidad y su color, apareciendo ante nosotras burlonas, jugando con nuestra ingenuidad y gritándonos que el sueño nocturno ha terminado.
Escalinata de entrada, custodiada por el dragón, a primera hora de la mañana. Foto: Alex Guerra Terra 2012
Pabellón de entrada, antigua administración,
actual librería. Foto: Alex Guerra Terra 2012
La escalinata y los pabellones de entrada
Para principios de 1902 los dos pabellones de la entrada y la escalinata, con el dragón, el hexágono azul claro, la bandera catalana de la que emerge la cabeza de una serpiente cobriza, y demás símbolos de los descansillos, ya se habían construido. El arquitecto esperaba, para finales de ese año, terminar el refugio para los coches de caballos, el sistema de alcantarillado y los pasadizos cubiertos o viaductos. No había tiempo que perder, y teniendo en cuenta los pocos albañiles con los que contaba, los trabajos iban deprisa, pero él, trabajador incansable, estaba ansioso por verlo todo acabado. Ya desde tan temprano, al despuntar el alba, docenas de vecinos pasean sus perros, hacen ejercicio o simplemente acuden a buscar la tranquilidad para empezar el día en paz y armonía. Pero son presencias tranquilas, nada que tenga que ver con las horribles hordas de turistas que invaden el parque con sus risas, sus gritos y sus caras de atontados para las cámaras fotográficas a partir de unas cuantas horas más tarde. 
Pabellón de entrada, antigua casa del guarda
actual museo. Foto: Alex Guerra Terra 2012
La entrada al parque es realmente impresionante, con los dos pabellones flanqueándola y la escalinata custodiada por esos seres fantásticos y llenos de simbolismo que son la serpiente y el dragón, y la maravillosa sala hipóstila detrás. Nos paramos en la entrada, delante de la escalinata, a observar por unos instantes las estructuras. Los rayos de luz se reflejan a esa hora vigorosos en las superficies ondulantes de los fragmentos multicolores de las torres de los pabellones de entrada y la escalinata con sus figuras y símbolos. Es un verdadero espectáculo. El colorido de la cubierta de los pabellones fue elegido teniendo en cuenta el cromatismo del entorno, blancos, azules, verdes. Observamos los tubos de ventilación de los pabellones. La adicción de Gaudí a la Amanita muscaria probablemente no es más que una falacia. La Amanita muscaria era muy común en los campos catalanes, y la representación de una seta en el techo de los pabellones, coronando los tubos de ventilación, ha disparado la imaginación de muchos. Sabemos perfectamente cómo la naturaleza fue su principal fuente de inspiración, y no sólo las setas tóxicas. 
Cochera, o refugio para carros. Foto: Alex Guerra 2012
Observemos la cochera. Las formas irregulares del techo parecen recordar las rugosidades de un elefante. O al menos a esta hora, todo parece posible. Hasta si aparece un duendecillo, o un gnomo del bosque, no nos extrañará entre aquellas ingeniosas construcciones de cuento de hadas.  Hay un viejo cuento que podría haber inspirado a Gaudí en la creación de este recinto. Cuenta que cuatro ciegos se acercaron a un elefante para saber cómo era. El primero le tocó la pata y afirmó: el elefante es como un árbol con el tronco rugoso. El segundo, tocándole el vientre dijo: es un techo de roca caliente. El tercero le acarició la trompa y exclamó: se parece a una serpiente. Y el cuarto le pasó las manos por la oreja y dijo: el elefante es como un gran abanico, que hace viento
Cabeza de serpiente. Foto: Alex 2012

La flor de opio en las rejas de la casa de Eusebi Güell y en la entrada del parque, antes en la Casa Vicens, hasta 1965, son bellísimas, pero tampoco prueban nada sobre la supuesta adicción del arquitecto. Son sólo deducciones extraídas de la simple observación de su obra, sin ningún apoyo documental. Muchos, por no decir todos los artistas, gustan de ocultar signos en sus obras, y a veces no necesariamente son reflejo de sus propias convicciones, sino las de una época o entorno. Está claro que la interpretación que algunos investigadores hacen de los hechos, son subjetivas y se inclinan a querer demostrar sus propias hipótesis de trabajo. Pero sigamos nuestro camino, respirando el aire fresco profundamente, sintiendo el silencio, y los sonidos naturales que desprende el viento al rozar los árboles y las piedras, recreándonos en esos símbolos. El dragón, la cabeza de serpiente, el atanor… 






Medallones de sala hipóstila. Foto: Alex Guerra 2012
La sala hipóstila
Ahora veamos la sala hipóstila de día, a donde llegamos subiendo los treinta y tres peldaños de la escalinata. Los medallones del techo, realizados con trozos multicolores de baldosas y cristales, se ven impresionantes a la luz. Jujol, con Gaudí y sus otros colanboradores, formaban un gran equipo en las obras de la urbanización. Trabajaban hasta altas horas de la tarde. Por alguna razón, el creativo Jujol estaba favorecido por las musas para realizar estas exquisiteces, de lo contrario, cómo iba a lograrlas. Musas, ángeles, o lo que fuera, pero alguien le ayudaba para hacer estos rosetones, o medallones, o plafones, cuatro exactamente, que simbolizan las cuatro estaciones del año, y catorce más pequeños que representan el ciclo lunar, llenos de remolinos y espirales. 
Sala hipóstila en la mañana. Foto: Alex Guerra Terra 2012
Banco ondulante al amanecer.
Foto: Alex Guerra Terra 2011
La plaza griega y el banco ondulante de trencadís
Cuando la noche se ha retirado, las cotorras y los gorriones comienzan a cantarle de nuevo al alba, y a los pocos osados que pasean, como nosotros, por ahí a tan tempranas horas. El banco ondulante que oscila como una larguísima serpiente de 110 metros, obra también de Jujol, es ergonómico y se adapta perfectamente al cuerpo humano. Ahora ya podemos apreciar los complejos diseños del trencadís, entre los que destacan la representación de los doce signos del zodíaco. Se dice que algunos mensajes místicos y extrañas pistas en clave se hallan escondidas entre las piezas del trencadís multicolor del banco. Podemos jugar a buscar con la mirada las conchas, mariposas, calamares, estrellas fugaces, constelaciones, medusas, lunas y flores que se esconden hábilmente entre figuras abstractas, creando un microcosmos de la naturaleza. Reconoceremos varias decenas. Una verdadera obra de arte.
Vista de los pabellones de entrada al amanecer, desde plaza griega. Foto: Alex Guerra Terra 2011
Los fragmentos cerámicos y vítreos multicolores para la confección del banco, fueron recogidos por él mismo y algunos de sus ayudantes en las calles y fábricas, durante sus caminatas por la ciudad. El parque, o  la ciudad-jardín, pues no  fue concebido como parque sino como urbanización, fracasó como proyecto, como ya he mencionado. Me entristece pensar en  lo desolador que debe haber sido para el arquitecto, que había trabajado en él con tanto entusiasmo. Me indigna bastante este menosprecio que le profesaron muchos de sus contemporáneos e incluso durante decenios después de su muerte. Tuvieron que pasar muchos años para que su obra fuera por fin comprendida y aceptada como lo que es, un milagro de la arquitectura y el arte. Y aún creo que no se le valora como debería. Pensemos en ello mientras posamos nuestra mirada en el sol que se asoma tímido por el horizonte.  
El talayot o capilla de las cruces
Pero amanece rápido. Antes que sea demasiado tarde, subamos nuevamente hasta la capilla de las tres cruces para ver el amanecer desde allí, el punto más alto del parque, ofreciéndonos un espectáculo inigualable.
Vista de Barcelona desde el Talayot, al amanecer. Foto: Alex Guerra Terra 2011
Los viaductos
Ahora ya deberíamos apresurarnos porque se acerca la hora de apertura del parque. Disfrutemos de la luz del sol saliendo por el horizonte desde el mar, y reflejando su luz naranja que con mágicas pinceladas tiñe las piedras de los viaductos. Aquí os pongo una foto que me respalda. En nuestra huida del parque, cuyo objetivo es quedarnos con esas maravillas en la retina y el silencio que pronto se romperá, en el alma, es posible que veamos una cansina figura andar ensimismada por entre las encrucijadas del parque. Indiferente totalmente a las vanidades de la vida mundana, sus cabellos y barba, recortados descuidadamente a tijeretazos. Su expresión azul distanciada, como quien ve más allá de lo visible a los ojos. Cualquiera diría por su antiguo traje y sus alpargatas avejentadas, que no se trata más que de un indigente perdido en el laberinto gaudiniano, y no del genial y reconocido arquitecto que en realidad es. O su sombra: la sombra de Gaudí, que permanece intacta e indeleble por entre cada rincón de esa, su magnífica obra. 
Viaducto o paseo de la lavandera, recibiendo los primeros rayos de sol. Foto: Alex Guerra Terra 2011
El Park Güell fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO (Comité del Patrimonio Mundial) en 1984 (junto con Casa Milà y Palau Güell), pero continúa sin recibir el apoyo necesario para su correcta gestión administrativa y de conservación, algo insólito considerando que es uno de los emblemas de la capital catalana, y excusa, junto al resto de obras de Gaudí, para que personas de todo el mundo acudan a visitarla.

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